Pilar T. Bayle
spacer
spacer

Los relatos que aparecen en esta página no son todos los que he escrito, pero sí aparecen en un cierto orden cronológico, de más reciente a más antiguo, excepto cuando los agrupo temáticamente por alguna razón.

Como melaza (12-II-07)
Rutinas (16-III-2006)
Cumpleaños feliz (2-IV-02)
La metamorfosis (18-XI-2001)
Tiempo de acuario (26-IX-2001)
El precio de una buena educación (25-VI-2001)
Lisboa não sejas francesa (27-V-2001)
El retrato (15-VI-01)
Ramsés (15-VIII-01)
No más juegos (8-IX-01)
El lector de sueños (1998)
Otra de películas (1987)
Claroscuro (1987)
Las hormigas (1987)

•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Un pequeño juego dialéctico aunque he notado, ciertamente, que mis palabras fluyen más diáfanas al teclado que hablando. Quizá ahí detrás se esconde mi miedo a la afasia, definida en la wikipedia como «una disfunción en el centro del lenguaje del cerebro que imposibilita o disminuye la capacidad de comunicarse mediante el lenguaje, la escritura o los signos, conservando la inteligencia y los órganos fonatorios».

 

COMO MELAZA (12-II-2007)

Llevaba un tiempo observando aquel fenómeno que amenazaba con aislarla aún más. Cuando comenzaba a hablar, sus palabras se volvían lentas y sesudas y, en su cabeza, echaba la caña una y otra vez, intentando pescar aquella maldita palabra que no quería salir. Lo peor de todo no era siquiera aquella incapacidad para sortear una conversación normal; lo más fastidiado era constatar que en el momento de ir a pronunciar una palabra, sus letras se disipaban una a una, con una lentitud angustiosa que no le permitía recordar ni una de ellas.

Todo eso hablando de cosas cotidianas que a nadie le iban ni le venían, excepto a ella. Era una manera de autoafirmarse y cobrar una densidad que perdía al teclado. Quizá porque cuando escribía lo hacía en una soledad intelectual, muchas veces física, que lo único que hacía era darle alas para soltar los dedos y los pensamientos, que fluían constantemente, sin ese espesor como de melaza al que la condenaban las palabras habladas.

De ser una habladora impenitente, pasó a medir sus palabras una a una, respirando lentamente como para darse tiempo a que el anzuelo se llenara de letras que redimieran su ritmo cansino. Lo cierto es que hablar se convirtió en un pequeño impedimento, una actividad que embarraba su cerebro de letras inconexas que no llevaban a ninguna palabra, ni mucho menos a un pensamiento. De hecho, su mente parecía vaciarse en cuanto abría la boca.

De tanto abrirla y volver a cerrarla, acabó acomplejada, pensando en los boqueantes peces de un acuario cualquiera.

Sus ojos empezaron a reflejar el mundo interior que escapaba con el primer suspiro y hasta se volvieron ambarinos.

Fue en aquella época cuando se ganó su fama de saber escuchar.

•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Este relato tiene dos momentos de creación. La primera parte, dedicada casi exclusivamente al tiempo, me la encontré ya escrita en mi cuaderno con fecha de diciembre de 2001. La parte de la agorafobia es nueva. Tuve que decidir entre los dos temas, que aparecen como constante en mi vida desde hace unos años. Me decidí por mis pasos. Mi agorafobia es bastante ligera, pero está ahí.

 

RUTINAS (16-III-2006)

El tiempo es una medida arbitraria. Estamos acostumbrados a consultar el reloj y ver las agujas deslizarse por su superficie lisa. Incluso, en momentos de prisa, nos quedamos absortos contemplando el suave paso de las manecillas, con su ritmo marcial al un-dos,
tic-tac.

Dejé de utilizar relojes hace unos años. Al independizarme laboralmente, revertí a un cierto estado animalístico en el que mis «espacios temporales» se regían por dos cosas: el trabajo y mis necesidades corporales. El trabajo solía amontonarse hasta la infinitud en algunas épocas y, en otras, escaseaba tímidamente.

Las necesidades de mi cuerpo, comer y dormir, se adaptaban a la cantidad de trabajo. Cuando era mucho, la comida se convertía en un simulacro de sacrificio pagano, frente al dios omnipotente que me miraba como un cíclope con su ojo azulado, en el que se fundían mis palabras y el reflejo de mi rostro. Así, comía en mi mesa de trabajo al amparo del monitor, que también me veía echar algún sueño con el que aliviar el cansancio entre palabra y palabra.

Cuando el trabajo escaseaba, a veces me olvidaba de comer, como si no fuera merecedora de mantener mi nivel de bienestar. Otras veces, hacía fiesta y aprovechaba para salir y restablecer las amistades que se me habían ido olvidando.

Quizá por ese ritmo desigual, permití que aflorara la vieja agorafobia que había arrastrado tiempo atrás. Todo giraba en torno a las paredes entre las que vivía y la manzana que las rodeaba, y que parecían hacer guardia alrededor de mi vida. Sólo me sentía cómoda en ese trecho de calle donde encontraba todo. Por encontrar, comenzaba a reencontrar mis pasos anteriores y los seguía. Seguía una estela invisible que me llevaba de la papelería a la pescadería, de la frutería a la carnicería y a la panadería, y vuelta a empezar. Hasta dentro de mi casa se amontonaban los pasos y parecían mis pies ir contracorriente cuando alteraba la rutina de mi coreografía.

Lo único que permanecía constante era la ausencia del tiempo. Vivía en la ignorante inocencia de creerme desligada de horarios y comportamientos de grupo. Me veía libre, sin un reloj que dictara mis movimientos, aunque vivía pendiente de los pasos que los habían creado. Llegó un momento en que tuve que abrir las ventanas de par en par y dejar que escaparan para no asfixiarme en aquel ballet de disciplina férrea.

Desde entonces, siempre mantengo esa ruta de escape para que no se me acumulen senderos en casa. Cuando salgo, mis pasos perdidos me acechan en la calle y vuelven a encadenarme a su noria. De la papelería a la pescadería, de la frutería a la carnicería y a la panadería, y vuelta a empezar.

•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Un regalito que me hice el día de mi cumpleaños hace unos años...

 

CUMPLEAÑOS FELIZ (2-IV-02)

¡Qué se lo dijeran a él! Después de innumerables intentos, estaba a punto de darse por vencido. Y no le había parecido difícil en un principio, sólo requería maña... O por lo menos eso se dijo. Pero fueron pasando los lentos minutos del reloj del pasillo, con ese tic-tac de cuerda tan característico y contundente. Tic, tac, tic, tac... Se le fueron confundiendo aquellos minutos (que comenzaban a ser legión) con los gritos de los niños entregados a un emocionante y reñidísimo partido de fútbol y que flotaban hasta el tercer piso, donde permanecía sentado, ensimismado. Los niños corrían persiguiendo el balón y las espinillas enemigas en aquel desolado terregal que el Ayuntamiento tenía por «zona verde». Debía ser el árbol raquítico que servía para definir una de las esquinas del imaginario campo. O el puro deseo de color en aquel erial. Seguro que desde el aire, aquella pseudociudad se camuflaba camaleónicamente y no daba señales de vida.

Claro, que si es por vida, en el 3º izquierda sólo alentaba el reloj vetusto del pasillo, con la cantinela cansina de su cuerda a medio gastar. El sol iba pasando de largo, como siempre, alargando sombras en aquella tarde de primavera. El ultramarinos fue el último en cerrar, como era habitual. Los bares de la placita se iban llenando poco a poco de los de siempre, los asiduos que se ganan a pulso (y pesetas) el privilegio de escuchar un «¿lo de siempre?» en vez del «¿qué le pongo?» tan común en las ciudades, donde no existen costumbres.

Y allí estaba Paco... Bueno, allí es un decir, porque seguía en su 3º izquierda, ensimismado. Quizá usted piense que Paco era aspirante a artista si le comento lo que había sobre la mesa. Pero le garantizo que de artista sólo tenía en común el nombre con el de Lucía.

Aquella mañana, al pasar por delante de la papelería, sus ojos se quedaron atrapados por un juego de plastilinas de colores. Y recordando viejos tiempos, y haciéndose de paso un regalito por su santo/cumpleaños, Paco se dejó unos cuantos billetes en la tienda y salió por la puerta con una completísima gama de 36 colores. Cuando llegó a casa, aprovechando que era sábado y no tenía que trabajar, se sacó una cerveza fría de la nevera y se sentó con sus plastilinas. Y allí le han ido dando las horas, como atestigua la lámpara encendida.

Lo peor de la plastilina no es su olor. ¡Qué va! Al verdadero virtuoso de la plastilina (que no suele pasar de los 10 años y en este caso nunca volvería a cumplir los 35) lo que le preocupa es la mezcla de colores. Conseguir un «montaje» de plastilina que no acabe siendo de un gris parduzco es una proeza.

Sobre la mesa, encima del periódico, reposaba una bola amorfa de un color indefinido. A ella se le habían ido sumando las diferentes intentonas de Paco, al que ya le quedaba una cantidad ridícula de plastilina limpia.

Y se planteó una estrategia: ir haciendo las diferentes piezas de colores individuales, ponerlas en una bandeja y, cuando estuvieran todas las miniaturas terminadas, meterlas en el frigorífico un rato, para endurecerlas. Con una paciencia digna de Job (aunque no estaba cubierto de moscas ni sufría de sed, como confirmaban los tercios vacíos de Mahou), Paco ocupó sus dedazos rudos de fontanero en ir creando las piezas, una a una. Cuando cambiaba de color, se levantaba, iba al cuarto de baño y se lavaba cuidadosamente las manos, para evitar las mezclas que tanto habían deslucido sus anteriores esfuerzos.

Debían ser las once, más o menos, cuando metió la bandeja en el congelador. Se dio entonces cuenta de que le dolía la espalda, algo que le había pasado desapercibido mientras se concentraba en las diminutas piezas que iban recreando uno de sus cumpleaños de la niñez. Dejó la bandeja unos 15 minutos, y luego la sacó. La plastilina estaba dura y fría, y había perdido su fragante aroma.

La llevó a la mesa y ya se entretuvo en colocar los diminutos churros en una preciosa bandeja azul, las tacitas sobre sus platos blancos, con el pegotito marrón que hacía las veces de chocolate caliente (del que le pareció ver el humillo que despedía), las medianoches con las lonchitas rojas de chorizo, la tarta de bizcocho amarillo... Bajo la luz brillante de la lámpara de la sala de estar, aquella bandeja se transformó por obra y gracia de sus manos y de su imaginación en la mesa del comedor que viera sus primeros años.

Y hasta le pareció escuchar las carcajadas y los gritos de los niños, y la voz tranquila de su madre que decía: «¿Quién quiere más churros?». Y mientras, sus primos cantando aquello del «Cumpleaños felizzzzzzzz, cumpleaños felizzzzzzzz, te deseamos todosssssssssssssss, cumpleaños felizzzzzzzz».

•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Tuve que ir a Oviedo para un funeral. El tren viajaba durante la noche y llegaba a Oviedo a las 7 de la madrugada. Fue una noche muy larga, sin un vagón cafetería, sin luz (las apagaron todas para que los viajeros pudieran dormir). Lo único que me distrajo fue la tremenda nevada que caía por la zona de León.

 

LA METAMORFOSIS (18-XI-2001)

Supo, en tiempos de estrechez, disfrazar sus carencias y hacerlas pasar por excentricidad. Lo mismo se apasionaba descargando archivos de sonido de Internet, que creando sus propias carátulas. Decía que la creatividad de sus diseños excusaba la piratería de sus canciones... Si no fuera porque aquellas imágenes sutilmente manipuladas eran otra muestra de la rapiña posible gracias a su conexión. Lo cierto es que se entretenía e iba reemplazando los discos que había tenido que vender en otro momento, aún fresco en el recuerdo, pero del que no solía hablar.

Del mismo modo, aprendió a prescindir de lo imprescindible, que en su caso eran los libros. Tenía las paredes forradas de libros cuyos abigarrados lomos ponían la nota de color en las paredes blancas. Sin ellos, la casa hubiera tenido una desnudez monástica.

Su mayor placer consistía en acercarse a una de las grandes librerías del centro e investigar portadas y contraportadas con la pericia de un tasador de diamantes. Compraba media docena de libros por expedición y, cuando llegaba a casa, los ponía tumbados en aquellas estanterías que eran el único lugar de la casa que reflejaba su gusto por una cierta simetría geométrica. Los libros descansaban, verticalmente, de mayor a menor, de izquierda a derecha. Algunos incluso ostentaban una etiqueta que delataba sus ambiciones de bibliotecaria aficionada, que le surgieron cuando la memoria comenzó a fallarle y encontró algún que otro ejemplar repetido. Por esa misma razón, los libros aún no leídos reposaban en la parte anterior de las baldas, a la espera de sus ojos ávidos de imágenes y paisajes que no eran los suyos.

Como los que había descubierto una noche viajando en tren, cruzando campos helados, azotados por una ventisca que le trajo recuerdos de otros tiempos, en otro continente. Allí, en aquel vagón de 2ª en el que algunos pasajeros dormían gracias al suave bamboleo, quedó completamente despierta en mitad de la noche, cuando aún faltaban varias horas para llegar a su destino. Sin un coche cafetería al que poder acudir y en una tenue penumbra que le impedía continuar con la lectura de aquella novela que llevaba a trancas y a barrancas, optó por abrir las cortinillas y contemplar el exterior.

A aquellas horas todo era oscuridad, hasta que sus ojos se acostumbraron y se dilataron sus pupilas como si de un animal nocturno se tratara.

Y entonces comenzó aquel baile de copos de nieve, de pequeñas luces solitarias en la distancia, de amarillentos alumbrados de pueblos que atravesaban precipitándose hacia la oscuridad que los volvía a esperar al otro extremo.

Reflejada en el cristal, su cara le daba nuevos contornos a la silenciosa llanura que devoraban sus ojos, una topografía de profundos cortes que tatuaba su rostro cansado.

La nieve seguía cayendo, cubriendo resquicios y tapando superficies, formando una fina capa que escondía el carácter del paisaje sobre el que se depositaba; o quizá su propio carácter, envuelto en sombras, que recibía la nieve directamente sobre los pómulos. Su nariz dividía la continuidad de esa alfombra blanca, de ese frío espeso que cortaba su aliento en densas vaharadas. Su boca dibujaba silencios en el silencio de la noche inmensa. Y eran sus labios, o quizá sus sonrisas, que dibujaban riscos, rocas, oscuridades de piedra.

Pasan las horas y el tren continúa persiguiendo sol y ciudad. Sus labios pensativos pierden la docilidad del sueño y se reflejan hambrientos.

•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

No sé muy bien a cuento de qué escribí este relato...

 

TIEMPO DE ACUARIO (26-IX-2001)

Lleva ya lloviendo tres días. Tras las ventanas, espío el mudo ir y venir de los transeúntes, en una extraña mezcla de colores oscuros y sombras brillantes de paraguas al viento. Llueve lentamente, con desidia de agua perezosa que traza caminos verticales sobre los cristales. Todo se precipita a tierra, cubre, humedece y besa con languidez rostros vueltos al cielo, pidiendo más lluvia.

Dentro, un remanso de paz y silencio. Mis ojos se distraen mirando los pececitos tropicales que se reflejan en las paredes del acuario. Veo sus evoluciones en el agua, con sus movimientos apurados o lentos que parecen seguir una música más allá de mi alcance.

Estoy sentada junto a la ventana, frente al ajedrez, un ajedrez anárquico, rojo y negro, de figuras africanas estilizadas y simbólicas. Está en mitad de esa partida que jugamos mientras nuestros movimientos sobre el tablero redondo hacen poco por disfrazar nuestros pensamientos. Me miras desde el otro lado de la mesa, a una distancia imposible. Y mueves un caballo.

Mientras pienso mi jugada, mis ojos vuelven al acuario de aguas tiernas. Las burbujas marcan el camino hacia la superficie, que queda rota momentáneamente con una pequeña explosión de aire. Un sonido, un «plop»... Y vuelvo los ojos al tablero. Frente a mí, esperando, sabiendo que me has puesto en un aprieto. Ya te dije que el ajedrez no era lo mío.

Sesenta y cuatro escaques, rojos y negros, simétricos y absurdos, que intentan cuadricular mis sentimientos. ¿Cómo racionalizarlo? Te sonrío y te pregunto que si te apetece algo, mientras me levanto y voy hacia la cocina. «Una coca-cola, por favor». Mientras saco los cubitos, me entretengo en mirar esa lluvia cansina que lava el recuerdo del verano. También llueve en el patio, aunque lo haga en raciones recortadas de cielo, de un cielo gris plomizo, pesado.

Te tiendo un vaso y tomo un sorbo del mío, mientras me acomodo en la silla. No me apresuras, tienes una paciencia infinita. No sé si quieres enseñarme o, sencillamente, que me dé cuenta de mi error. Porque mis últimos movimientos no obedecen a ninguna estrategia, sino que parecen acomodar un deseo estético de ver los colores fundirse en el tablero. Levanto los ojos y me encuentro con los tuyos, en los que se reflejan el acuario, la lluvia, la tristeza del otoño a media tarde.

Avanzo la dama al paso de ese caballo encabritado que amenaza mis defensas tan frágiles que se diría inexistentes. Asisto con impotencia al sacrificio de mi reina, mi abeja reina, por proteger a un rey que sólo es una simetría desplazada del otro. Y vuelvo mis ojos al acuario.

•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Soy incapaz de escribir por encargo o con temas impuestos. Lo que escribo en esas condiciones siempre me resulta falso. Como este relato, que presenté a un premio de temática de novela negra y, naturalmente, no ganó nada. Lo incluyo porque le gusta mucho a un amigo mío.

 

EL PRECIO DE UNA BUENA EDUCACIÓN (25-VI-2001)

Llevaba varias horas esperando a que saliera del portal, de aquella entrada oscura y estrecha que olía a casa vieja. Había llegado por la mañana temprano y, aprovechando la salida apresurada de un oficinista, logró aparcar a una distancia prudencial, casi al lado del ultramarinos. A mediodía, cuando su «cliente» aún no había dado señales de vida, se aventuró hasta el bar de la esquina, que disponía de una amplia cristalera que le permitiría vigilar la puerta.

Cuando entró, fue primero al aseo. Se refrescó un poco la cara (comenzaba ya a hacer calor), orinó y se lavó las manos. Al salir, se dirigió hacia la zona de la barra que quedaba frente al ventanal y se acodó contra el mostrador. El camarero se acercó:

- Buenas tardes, ¿qué le pongo?
- Una coca-cola y un pincho de tortilla, por favor.

Nunca bebía alcohol mientras trabajaba, y hoy no iba a ser una excepción. En cuanto a comer... No solía hacerlo, pero el tedio tremendo de la espera le había despertado el apetito. Tanta inmovilidad en el coche, sin poder leer para no distraerse de su cometido... En fin, este tentempié era una manera de cerrarse la boca que ya le habían abierto unos bostezos poco discretos.

Se tomó la coca-cola de una sentada y pidió otra. Sacó la raja de limón del vaso vacío y la sujetó con los labios mientras la mordisqueaba. El sabor ácido le provocó una sensación de frescor y humedeció sus ojos.

El bar estaba casi vacío. La barra la atendía un camarero grueso y de mediana edad, que tenía toda la pinta de ser el dueño del establecimiento por su modo de saludar a los dos o tres parroquianos que habían llegado desde que entrara.

Recogió la coca-cola y el pincho y se los llevó a una mesa cercana al fondo del bar y desde la que tendría una vista perfecta del portal. Cuando ocupó la mesa, el bar entero pareció desentenderse de su presencia. Y se apoyó contra el respaldo de la silla y se dedicó a repasar el plan.

El contrato había seguido los cauces de siempre. De la víctima sólo sabía que era un hombre anodino, de unos 45 años, con un rostro carente de expresión según la foto, en la que más que unos ojos humanos parecía tener las gelatinosas esferas de un pescado que lleva demasiadas horas en el mostrador de una pescadería. Sólo le habían proporcionado una dirección en la parte antigua de la ciudad y una fecha: el 15 de julio.

Las fechas nunca marcaban el día de ejecución del encargo, sino el plazo límite para realizarlo. En este aspecto, gozaba de bastante holgura: la ciudad resplandecía bajo el sol tardío de junio.

Cuando había abierto el sobre que contenía la fotografía del objetivo y una cuartilla con la dirección y la fecha, había cogido el callejero y había estudiado la zona sobre el papel. Siguieron varios días de pasear el barrio y conducirlo. Evitaba las horas de mayor tranquilidad para poder fundirse entre los otros coches o los paseantes. Y aún así, tomó la precaución de llevarse un vehículo alquilado que le permitió explorar el laberinto de la parte antigua.

Cuando se acostumbró al trazado angosto de las calles, a las estrechas aceras elevadas, a los adoquines desiguales, empezó a comprender los ritmos de aquel barrio que prosperaba ajeno a la ciudad que lo ceñía. Aprendió a distinguir de un vistazo a los que vivían allí de los que se aventuraban por sus callejuelas buscando Dios sabe qué.

En la semipenumbra tranquila del bar, se fue comiendo el pincho de tortilla, combinándolo con el trozo de pan que lo acompañaba. Comenzaba a sacudirse la modorra que le embotaba las sensaciones y su capacidad de reacción y decidió rematar la faena con un café solo.

Juan Aguirre, además de sus peculiares ojos que solía esconder tras unas gafas de sol, llamaba la atención por su estatura, un airoso 1,95 que convertía su cabeza en un punto de referencia en las multitudes. Había aprendido a moverse con cierta elegancia que coordinaba con zancadas amplias pero pausadas. Nunca parecía tener prisa.

Solía ir de traje, impecable, quizá excesivamente meticuloso. Las corbatas de seda de diseños abstractos y brillantes eran la única licencia de color en el marco sobrio de su imagen.

Y es que su imagen vendía, aunque no fueran acciones ni servicios de consultoría. Juan Aguirre, apodado «El Elegante», traficaba con obras de arte. Por medio de sus contactos, podía hacer desaparecer un cuadro en cuestión de horas para hacerlo aflorar, en el otro confín del mundo, ante los ojos enamorados y avarientos de un coleccionista privado y poco escrupuloso. De hecho, la policía sospechaba de su participación en el robo del Gauguin sustraído de los almacenes de la British Airways a finales de los 80.

Pero nadie había sido capaz de materializar unas pruebas irrefutables. Ante la justicia y hasta que se demostrara su culpabilidad, Juan Aguirre era un ciudadano honesto que mantenía un lucrativo negocio de importación/exportación que le llevaba un gabinete de contabilidad con absoluta transparencia. Al día en todos los pagos: Hacienda, Seguridad Social... Una empresa modelo. Con la excusa de abrir nuevos mercados para su negocio, Juan Aguirre viajaba casi continuamente, tapadera que utilizaba para sus trapicheos en el mundo del arte y cuyos beneficios terminaban siempre en bancos ajenos al escrutinio de cualquier gobierno.

La nota discordante en su personalidad sibarita era aquella dirección en la parte antigua. Nadie se explicaba por qué la había preferido a un ático de amplia terraza frente al mar. Nadie excepto Aguirre, claro está, que era producto de aquel barrio mugriento y venido a menos, donde había aprendido a sobrevivir a la sombra de delincuentes de poca monta que le inculcaron la astucia de la que hacía gala en sus transacciones. El refinamiento le fue llegando con la edad y, con un empeño que no conocen ni los estudiantes más aplicados, decidió pasar de los negocios «a granel» a aquel comercio de piezas exclusivas. Su contrabando era caro y único, excepcional. Y con dos o tres golpes bien montados al año, sus ganancias se acumulaban a salvo de miradas curiosas. Tenía 47 años y se retiraba. Aunque quedaría más elegante y más acorde con su personalidad decir que aquella era una merecida jubilación que le permitiría disfrutar del resto de su vida en uno de esos paraísos remotos que ni siquiera aparecen en los folletos de las agencias de viaje.

Miró el reloj del salón. Eran casi las seis. Había quedado con su abogado particular para firmar unos papeles, tomar una copa y despedirse. Se puso la chaqueta, cogió las llaves y salió al descansillo cerrando la puerta tras de sí. Bajó las escaleras de dos en dos, como siempre, guiado por unas piernas que las habían recorrido cientos de veces y, antes de emerger por la puerta abierta, se puso las gafas de sol.

El sol brillaba intensamente. Giró hacia la derecha para dirigirse hacia el pequeño garaje que daba al lateral del edificio en el que vivía. Cuando había doblado la esquina, se le acercó una mujer joven, vestida con una túnica suelta de color claro.

- Perdone, ¿me podría indicar? Me han dicho que en una de estas bocacalles hay una tienda de objetos de artesanía...

Otra turista. Le tendía un mapa demasiado nuevo mientras le miraba con ojos interrogantes. Juan Aguirre, en un gesto cortés, se inclinó para señalarle la calle que buscaba.

- Mire, no es ésta... Tiene que...

Sus palabras quedaron interrumpidas a mitad de frase. Habían sonado tres ligeros chasquidos. Amalia se retiró un poco y observó la caída de su víctima. Guardó la pistola en el bolso, se dio la vuelta y se alejó en dirección al coche. Juan Aguirre se moría contra aquella pared sucia que viera su infancia.

Cuando ya había salido de aquel laberinto, Amalia detuvo el coche en una calle poco concurrida para tranquilizarse. Sola en el coche, se acarició el vientre con ternura y musitó:

- Acabo de asegurarme tu educación en una universidad de prestigio.

••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Soy una admiradora decidida de Portugal. Me gusta la gente, la cultura, las casitas encaladas llenas de geranios a lo largo de las carreteras...

 

LISBOA NÃO SEJAS FRANCESA (27-V-2001)

Lisboa se baña en sol de verano. La brisa que asciende del Atlántico se funde con el viento que baja del Tajo y recorre sus calles de adoquines y tranvías, sus rincones decadentes de amores permisivos, de geranios radiantes, de anuncios de aspecto trasnochado. Se ve bonita, con el aire límpido, aromática como una rosa. Se ve como una ciudad con hechuras de pueblo, quizá, con un encanto bohemio y algo nostálgico que se pierde por sus callejuelas de la parte antigua, que suben y bajan, desiguales y tortuosas.

Son las seis de la tarde. Los lisboetas han abandonado la ciudad durante el fin de semana y se la han dejado a los turistas japoneses, nórdicos y alemanes que patean sus esquinas y beben su belleza parapetados tras las gafas de sol, con sonrisas cosméticas y unos bronceados que no sobrevivirán al regreso a sus países.

En la avenida Vinte e Quatro de Julho, en la confluencia del río y del mar, hay un largo paseo que sigue el encuentro de las dos aguas. Lo bordea un barandal blanco, en el que se intercalan poyetes de cemento, también pintados de blanco, a la manera de los cubos de una muralla medieval. Y sobre uno de estos poyetes, está sentada. Se ha quitado las sandalias y las ha dejado en el suelo, junto a la base de su asiento improvisado. Está sentada mirando hacia el Atlántico y sus azules, con los pies colgando en libertad sobre ese pequeño abismo que la separa de sus aguas. Está casi sola, menos algunos autos que pasan por la avenida y unos niños que montan en bicicleta.

Es 28 de julio, su cumpleaños. Ha venido a celebrar una despedida que la ha traído hasta Lisboa y que lleva alargándose unos meses.

Los chillidos de las gaviotas se confunden con la música que ha traído: toda una mezcla ecléctica de lo que le gusta y le recuerda a él. «What Are You Doing the Rest of Your Life?», de Bill Evans... Y le parece escuchar:

-Estar contigo, ¿podría ser?

Y se sonríe y musita:

-Puede ser.

No quiere celebrar este cumpleaños sola, sin brindar por su recuerdo del que tanto trabajo le cuesta desprenderse. Quizá, si lo hace todo bien, volverá a soñar por las noches y a despertarse tranquila, sin decir su nombre aún antes de abrir los párpados. Quizá, levantando su copa frente al Atlántico, será capaz de dejarlo ir con la brisa, permitiendo que el océano llene el vacío de su corazón.

«Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir». Bajo sus pies, el Tajo avanza lentamente y se funde con ese agua salada que lo envuelve y absorbe, que le da sus colores y sus espumas.

Saca la botella de champagne, la descorcha y sirve un poco en la copa de tallo largo que ha traído, en la que inciden los rayos del sol, en la que se aceleran las burbujas cada vez más finas buscando la superficie. Alza la copa en un gesto de brindis mientras escucha a la dulce Dulce Pontes en uno de esos fados mágicos que hablan de penas y desamores, Puerto de las penas, con una guitarra lenta y punteada que parece sonar al ritmo de su corazón. Y da un sorbo del líquido que la va enfriando lentamente.

El sol va descendiendo en el horizonte. Las horas se van desgranando poco a poco. Hace calor. Aun a la sombra, hace el calor de finales de julio que se combina con la humedad del mar. Las sombras comienzan a recortar los edificios de la ciudad y el sol se hunde por debajo de esta colina, en busca de la línea del horizonte del agua.

Frente a ella, Julia apura el último sorbo de champagne y tira la copa con un gesto un poco infantil, haciéndola girar en su caída, hasta que se hunde en las aguas del mar, bajo sus pies. Suena el «Duo de las flores» de Lakmé, mientras el sol se sumerge en el Atlántico. Saca un cigarrillo y lo enciende, paladeando el humo, cerrando los ojos, disfrutando de la pieza, tan ligera, tan etérea como su corazón ahora mismo. Sube una brisa suave que la envuelve.

••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Los tres relatos siguientes tienen un eje temático: la ceguera. No es una ceguera física, sino más bien psicológica, en la que juegan carencias, desidia y sentimientos de insignificancia. Los escribí en un período aproximado de tres meses y existe una cierta gradación emocional descendente que va desde lo trágico(-cómico) a lo decididamente lúdico, pasando por lo nostálgico. Si a esto añado que siempre escribo sobre hechos reales, puedo imaginar tu expresión de sorpresa a medida que vayas leyendo.

 

EL RETRATO (15-VI-01)

Lo tenía a la altura de los ojos, que escrutaban su rostro en busca de sonrisas y sólo encontraban una mirada triste y algo dura que la seguía por lágrimas y risas, por suspiros que llenaban la siesta y no empezaban a levantar hasta la caída del sol. Intentando arrancarle aquella curva mágica de felicidad, comenzó a contarle chistes, hacía travesuras, inventaba historias... Hasta una vez se disfrazó de las 1.001 noches para bailarle una danza de los 7 velos memorable de la que fuera testigo la lámpara, que desde entonces coleccionaba polvo y telarañas en un rincón.

Pero todo era inútil. No le valía de nada mirar aquellos ojos inmisericordes ni pleitear con la línea recta de sus labios. La ecuación siempre resultaba en aquella expresión triste que no la perdía de vista.

Se acostumbró a trabajar ante el retrato y, de vez en cuando, alzaba la cara espiando, queriendo sorprender una sonrisa que se le antojaba real. Le contaba sus problemas, a veces imaginarios, y brindaba levantando su taza de café.

Se hizo a la rutina de vivir a la sombra de aquel rostro que se convirtió en compañero solidario de sus noches de trabajo o de sus momentos de ocio frente al ordenador.

Y así fue pasando el tiempo, que borra imágenes y nombres y deshace rutinas, por muy afianzadas que estén. Mantenía el retrato a la altura de los ojos, pero los suyos ya no buscaban la expresión de los otros, ni los interrogaba en silencio, ni siquiera alzaba el café en gesto de complicidad.

El retrato se convirtió en parte del mobiliario y se perdió entre el reloj y el monitor, donde sus ojos se concentraban en leer palabras de amor nunca dichas.

Y cuando ya no lo miraba, cuando perdieron sus ojos el poder de seducción, entonces se curvaron los labios en una sonrisa olvidada.


RAMSÉS (15-VIII-01)

No sé bien cuándo comenzó. Sólo recuerdo que una noche mi oído se paró atento a las 6 de la madrugada y escuché ese motor que se ponía en marcha (a la primera) y se alejaba lentamente. Imagino que ya había registrado su existencia inconscientemente, porque de otra manera no se explica que aquella vez me quitara los auriculares y apagara el estéreo, mientras me quedaba en una muda contemplación ante el rostro silencioso de Ramsés II, que adorna el escritorio de mi ordenador.

No suelo poner figuras, como si de una ley coránica se tratara. Prefiero los paisajes, las imágenes de color azul (que considero muy sedante), el hielo en todas sus expresiones, que me hace olvidar momentáneamente el bochorno de la noche veraniega, cuando trabajar se convierte en un simulacro de ir a la playa por lo ligero de mi indumentaria.

Sólo sé que desde el principio me cautivó el rostro de Ramsés II, el del templo de Abú-Simbel, el que tuvieron que rescatar de las fauces líquidas de la presa de Asuán. Ese templo que, cuando era pequeña, contemplaba en un libro que terminé aprendiéndome de memoria: Las maravillas del mundo. Más que el templo mismo, me fascinaba la historia de su salvamento. De cómo lo fueron cortando y numerando, bloque a bloque, para reconstruirlo en un terreno más elevado, lejos de la crecida que inundó la planicie donde se había creado. A veces me preguntaba si los espíritus tuvieron a bien trasladarse con aquella mole inmensa, para habitar la cueva artificial que excavaron y cuya fachada guardaba, entre otros, el rostro que ahora me miraba sin ver desde el escritorio del ordenador.

Sin embargo, mis ojos recorrían sus facciones regulares y aprendían a distinguir las líneas de corte que habían infundido arrugas a su tersa piel de piedra. Una le abría una brecha visible en el puente de la nariz, que ya debía estar erosionado desde antes, y seguía por la parte alta de las mejillas, estrechándose hacia los laterales que quedaban fuera de mi monitor. Otro corte le seguía la línea de los labios, de manera caprichosa, curvándose para seguir su sinuosa sonrisa petrificada. De una manera u otra, su rostro me parecía vivo, con aquellos tremendos ojos vacíos que ni siquiera me miraban, sino que se habían quedado soñando en el país del Nilo.

Cada noche, tras aquella primera experiencia consciente, a las 6 menos cuarto me iba a la cocina a prepararme un café y volvía con la taza entre las manos a la habitación que llamo mi oficina (porque despacho me parece de caoba y francamente desmesurado). Hacía un alto en el trabajo y me quedaba contemplando la serena faz de Ramsés, tranquilo en su sueño de piedra rescatada. Y entonces escuchaba ese motor que se ponía en marcha y se alejaba lentamente en el silencio de la madrugada.

Me preguntaba quién sería, su aspecto, el trabajo que le hacía abandonar la cama a una hora tan temprana. Pero nunca se me ocurrió asomarme a la ventana.

Sólo sé que, durante años, la noche se dividió en un antes y un después, marcado por el ritual del café y ese sonido de un alma compañera que comenzaba el día y me daba permiso para pensar en mi noche.

Aún hoy, todavía a la sombra pétrea de Ramsés, imagino el sonido de un motor en esta madrugada que se llena de olas de mar y, por un momento, siento un par de ojos que se elevan hasta la luz de mi ventana, conjeturando mis otras vidas.


NO MÁS JUEGOS (8-IX-01)

Se despertó invisible. Fue al cuarto de baño y se miró de refilón en el espejo. Quizá la costumbre de su imagen sobre la superficie plana le devolvió el reflejo de aquel rostro de mirada somnolienta al que se había habituado. Con la seguridad que da la conciencia física propia, se lavó aquellas manos que le parecieron tan tangibles como la noche anterior, cuando sus dedos habían bailado sobre el teclado una danza imposible de vocales y consonantes que componían el último trabajo asignado. Se duchó, dejando que el agua tibia acariciara su piel. Se lavó el pelo. En una palabra, siguió su rutina de todas las mañanas, esa misma que garantizaba su frágil existencia y que, a menudo, la justificaba.

No sé si fue el pescado que cenó o tanto diluirse frente a la luz azulada del ordenador. Sólo sé que se despertó invisible. Al principio no notó nada, quizá sólo su corazón un poco más ligero al bajar las escaleras y salir al aire otoñal. Lo atribuyó a la radiante mañana, con un cielo azul que olía a talco y que llevaba la promesa del agua entre los pliegues de las nubes blancas e imposiblemente altas. Quizá sintió alegría por el paso del verano y atribuyó su liviandad a la placentera brisa que refrescaba el ambiente y envolvía sus contornos inexistentes, pero tan reales para ella como la tirantez de su pelo recogido en una coleta.

A veces me pregunto qué sensación debe dar pararse ante un espejo y no descubrir la figura familiar que nos acompaña, día sí y noche también. Ajena a su desaparición, navegó entre cuerpos, rostros y vaharadas de perfume que parecían dosificarse ante su delicada nariz, como si el inmaterializarse a sus ojos también les hiciera a ellos perder densidad a los suyos.

Pasó la mañana deslizándose alegremente entre el marasmo humano y tangible que suele abigarrar las aceras y comercios del centro. Y finalmente se detuvo frente a una zapatería con un amplio escaparate en el que se exhibía la prueba palpable de que las mujeres todavía tienen un lado oscuro de marcadas tendencias masoquistas. Sobre un suelo forrado en tonos grises, se alzaban los imposibles tacones, finos, de pulsera, estrechos, de punteras afiladas. Esos zapatos que incomodan aun sentada, pero que alargan las piernas, la altura y el amor propio.

Mientras miraba los modelos y empezaba a elegir y echar cuentas mentales, se fue desplazando a lo largo del grueso cristal hasta llegar al lateral, que ocupaba un precioso espejo. Y sintió la necesidad de hacer ese gesto tan común de mirarse a hurtadillas. Esta vez sus ojos estaban despejados del recuerdo del sueño y no le mintieron. Pudo ver a los transeúntes que pasaban por la calle, un reflejo nítido e íntegro que la opacidad de sus líneas no velaba.

Más tarde me contó que sintió un golpe de sangre que le subió a la cabeza y que su corazón se desbocó martilleándole el pecho que hasta ese momento había respirado más ligero. Pasó varias veces frente al espejo esperando descubrir la curva de las caderas o la línea del pómulo, o cualquiera de las imágenes que llevaba en su memoria y que, hasta ese momento, habían constituido su yo. Incluso cruzó la calle para acercarse a una elegante perfumería cuyo reclamo consistía en estar flanqueada de grandes espejos. Y se acercó de frente, como si la visibilidad de su cuerpo dependiera del ángulo o de la voluntad de verse.

Cuando aquella tarde apareció por mi casa, abrió la puerta con su llave y me dijo un «¡no te lo vas a creer!» desde la entrada. Yo estaba leyendo el periódico y levanté los ojos que no encontraron su cuerpo familiar. Sólo escuchaba su voz, más etérea y tranquila que como la recordaba. Intenté seguirla hasta los labios que modulaban las palabras y que, un instante después, sentí rozando los míos.

Nuestra vida no ha cambiado mucho, aunque por razones prácticas ahora vivimos juntos. Ella sigue trabajando por Internet mientras sus guisos aroman la casa. Y yo continúo ejerciendo como profesor de literatura en una universidad privada. Por la noche, en la cama, sus líneas se espesan entre mis dedos y siento la suavidad de esa piel que ya no puedo ver. Y en la oscuridad me parece detectar el brillo de sus ojos. De lo único que hemos prescindido es de jugar al escondite. Y sólo porque es una tramposa.

••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Además de la ceguera, otra de mis obsesiones es la lectura. El cómo leemos, los libros, el olor a tinta fresca, el peso de un libro, el tacto de su lomo... Soy una enamorada de los libros, cuya posesión (si es que se dejan poseer) es una constante en mi vida.

 

EL LECTOR DE SUEÑOS (1998)

Solía contemplar la vida como quien ve venir el tren y, embobado, observa cómo se precipita por su lado y, sin parar, se hunde en la distancia haciéndose un reflejo lejano. Al margen de todo, pasaba las tardes sumido en una atmósfera cargada de humo... Porque fumar, sí fumaba. Y lo hacía sin ambages, descaradamente, con mano diestra y labios bien dispuestos a hacer anillos. Siempre envuelto en un sempiterno olor a cigarrillo rubio, ojeaba libros. No diré que leía porque lo que él hacía era abrirlos por cualquier página, quizás la 137, y una vez allí no volvía a moverse, sólo sus ojos subían o bajaban a medida que sometía el texto a un escrutinio poco saludable. Porque ni siquiera memorizaba nada.

Mientras fumaba con la mano izquierda, que se ocupaba furiosamente en salvar distancias entre la boquilla y su boca hambrienta de humo y sabor acre, la mano derecha se entretenía en acariciar la página abierta. Sus yemas sensitivas pasaban sobre las letras impresas, que parecían hincharse en su presencia para que las apreciase. Con el dedo meñique, ligeramente separado del resto, seguía el canto de la página, su borde afilado tras el que quedaban descolgados los pensamientos de la mente del autor, como el mapa de un mundo plano en el que lo habían esperado los peligros de lo ignoto y los mares de sargazo...

La yema del último dedo delineaba el perfil tangible de la consciencia, que para siempre había quedado cercenada e inalcanzable. Y era esa ausencia palpable la que entretenía sus pensamientos. Más allá del filo de papel, se abrían las posibilidades de una vida paralela y desconocida, añorada a fuerza de saberse alienado en la propia.

Encendió otro cigarrillo y dejó que su cabeza reposara contra el alto respaldo del sillón. Afuera, a través de esas ventanas racionadas, la ciudad se movía en imágenes sincopadas y rápidas que eludían toda interpretación. Llovía y el cielo plomizo se cargaba de nubes contra los últimos pisos de los rascacielos. Era un día de diario, a la salida del trabajo de cualquier oficina anónima y anodina, de entrada a una vida vacía que él, en su cartografía inconclusa, había escapado.

Dejó el libro sobre la mesa, abierto, y se levantó. Permitió que sus músculos se entregaran al parpadeo doloroso de la sangre que fluía, dotada por la gravedad y llena de vida; sangre que se había parapetado perezosamente en el placer de la indolencia, en la que sólo sus manos se habían movido. Cerró los ojos mientras respiraba profundamente. En su nariz se agolparon los cigarrillos consumidos y el café que se había quedado frío. Pero, más específicamente, filtró en sus fosas el aroma de su libro abierto: una fragancia a papel nuevo y tinta fresca. Ese olor esponjó sus mucosas, las excitó hasta el abismo de la ternura y viajó, sin intermediarios, hasta su cerebro.

Un ligero vahído le hizo buscar el sillón a tientas, ciego en el deleite místico que experimentaba en ese momento, que todavía le cubría los ojos y sólo le permitía vivir para convertirse en el mayor órgano olfatorio del mundo. Se dejó caer en el asiento, debilitado, entregado al placer de los olores, que llegaron en masa desde los confines de las páginas no existentes y que había intuido con sus dedos.

Lo invadieron el mar y el viento, el aroma cálido del sol en verano... Pero, sobre todo, se dio y se vio poseído por el olor a azúcar quemado de sus labios.

Desde el fondo recóndito de su cerebro emergió, poco a poco, la figura de la mujer que poblaba sus neuronas y ocasionaba el éxtasis sensorial de su corazón entumecido. El perfil de sus curvas flotaba con la cadencia de una tarde de niebla, cuya luz la envolvía y acariciaba su piel cobriza, creando un halo que magnificaba las sombras de su cara. Pero era ésa, precisamente, la que las pupilas del lector buscaban tras sus párpados cerrados.

Con las manos abandonadas sobre los brazos del sillón, el lector se dejó atrapar por el movimiento seductor del cuerpo femenino que parecía bailar a ritmo propio. Y esa música silenciosa que emanaba de la mujer relajó su cuerpo e infundió vida a sus labios, entreabiertos, que comenzaron a temblar imperceptiblemente.

Le habló de amor; de todas las noches que pasaría acariciándola; de cómo besaría su piel, hasta las zonas más secretas, con ternura; de cómo erradicaría su miedo a materializarse entre sus brazos. Y le hablaba en suspiros que sonaban a quejido y destilaban soledad. Y musitaba su nombre como el que reza, con recogimiento. Y sus dedos parecían alargarse queriendo tocar el tejido sutil que descubría sus formas. Y sus ojos, cerrados al presente, se hacían líquidos por el deseo que comenzaba a punzarlo en algún lugar de su cuerpo.

La respiración se agilizó casi imperceptiblemente, haciéndose más superficial y negándole así oxígeno a su cerebro, que respondía haciéndole sentirse ligero, casi etéreo, ebrio por la intensidad sensorial de su visión.

Afuera, la noche se estrellaba contra la luz de las farolas. Algunas sombras humanas se deslizaban por las desiertas calles, recortándose sobre las oscuras paredes.

Una rigidez orgásmica atenazó el cuerpo del lector, lo estremeció y, finalmente, le invadió la lasitud del que se sabe solo.

La imagen que contribuyera a su gozo desapareció. Parpadeó confuso y miró a su alrededor. El libro seguía abierto, boca abajo. Alargó la mano y cogió un cigarrillo, que encendió con lentitud placentera. Y ya, un poco más recuperado, volvió a tomar su libro, acariciando el filo de la página, buscando en el aire los aromas de los mares de sargazo.

••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Como con casi todos los relatos de esta página, existe un núcleo verdadero a partir del que se desarrolla la ficción. En este caso es esa pregunta y esa irrupción en mi casa. Tanto melodrama hizo que me sintiera actriz y de ahí surgió la historia.

 

OTRA DE PELÍCULAS (1987)

«¿Me quieres?» Y con esto pareció tranquilizarse. Se sentó en su sillón y empezó a fumar un cigarrillo. Hacía dos horas que llovía. La mortecina luz de las farolas se filtraba a través de los resbaladizos cristales. Estaba lloviendo y eran las siete de la tarde. Tenía puesto el abrigo. Había llegado de la calle y, sin besarme ni darme un abrazo, sin mirarme siquiera, me había preguntado «¿me quieres?», mientras sus zapatos empezaban a dejar una marca oscura en la alfombra. Se sentó en el sillón y encendió un cigarrillo.

De repente, veo los hilillos de humo que ascienden hacia el techo y todo pierde su urgencia. Estoy de pie, todavía al lado de la puerta que he abierto hace unos minutos. No hablamos; no quiero hablar. Parece la escena de una película muda.

Y la habitación se desvanece en un fundido en negro. Puedo sentir el pesado maquillaje que cubre mis facciones e imagino a los espectadores, atentos en la oscuridad, esperando el momento culminante. Me sé mi papel.

Me reí suavemente, todavía sorprendida por la pregunta-en la oscuridad, el público vivía pendiente de mi reacción. Me acerqué al sillón y cogí el cigarrillo de entre sus dedos, mientras el humo unía nuestras manos.

En un primer plano, los espectadores, inmóviles en sus butacas de terciopelo gastado, me ven aspirar, lentamente, hasta que mis labios se separan lentamente de la boquilla, dejándola marcada de un rojo oscuro que ellos percibirán cercano al negro.

Y ahora, más inmersa en este papel, me vuelvo hacia él, todavía sentado en el sillón. Y sonrío-afuera sigue lloviendo, mientras a la salida de un cine cualquiera los espectadores abren sus paraguas y se precipitan a un mundo de tecnicolor humedecido.

••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Este es uno de los primeros relatos que escribí. Andaba en España por problemas médicos y vi un anuncio de un concurso de relatos. Pedían 8 páginas y decidí ser más lista que nadie, porque no me creía capaz de rellenar tantas páginas (sigo sin ser capaz). Así que cogí unos folios, tracé una raya vertical en todos ellos y «compuse» esta historia. Lo curioso es que todo depende de cómo se lea, pero delante de ti, tienes tres historias: la de la izquierda, la de la derecha y la que combina ambos lados del papel. Aún guardo la versión original de este relato, en esos folios con una línea trazada a lápiz...
Paciencia si no la entiendes en una primera lectura. Mucha gente no lo hace. Y no, no ganó nada. :-)

 

CLAROSCURO (1987)

Todo empieza con una sonrisa,


y entonces me salí de la carretera. Primero sentí el brusco derrapaje y, después, desconectado de la máquina, seguí dando vueltas,

mirándote a esos ojos, que también sonríen,

y, de repente, siento un violento golpe, un dolor lacerante, y me sumerjo en la negrura de

tus incomparables ojos, velados de luces y sombras, mientras mis manos

consiguen moverse escasos milímetros para

encontrar la curva de tu espalda. Y tú me besas

estos labios hinchados y rotos. Y siento el sabor dulzón y tibio de la sangre, que se arremolina en mi boca. Sólo

el silencio, que mece tu beso y lo hace cada vez más largo y profundo, más envolvente. Sólo

silencio. No pasa ni un coche. Sólo

ese olor tuyo, vertiginoso, que desciende por la suavidad de tu cuello, mientras mi cuerpo

parece encontrar un sedante en la noche e

invade tu proximidad y tu olor, tu calor. Mis manos buscan tu piel y, poco a poco,

mis ojos se cierran. Quiero levantarme, sin saber que mis piernas se niegan. Estoy un poco mareado y respiro

profundamente y encuentro tu boca, tus labios de miel, que mordisqueo levemente, acariciándolos, extendiendo este momento con avidez, y respiro

pesadamente. Me duele en algún lugar cada vez más lejano y se apaga

la luz. Estrecho tu cuerpo. Tus líneas se espesan entre mis dedos y ya no eres otro sueño más.

TE D E S P L I E G A S ANTE MIS OJOS

que sólo recuerdan una carretera imaginaria y

cercana, cada vez más cercana a mí. Nos movemos lentamente, levantando tenues olas de espuma que me embriagan y me hunden

más en la oscuridad de la que no logro salir porque

tus senos se levantan hacia
mí, pidiéndome que los acaricie,
y se abre tu pecho en la noche,
dejando un olor a mar y a
salitre, y una estela de gaviotas.
Y siento cómo tus manos abren
mi camisa y tocan mi

piel hecha de nervios. No sé cuánto tiempo ha pasado.

Salgo y caigo en mi inconsciencia. Empiezo a sentir el dolor

apremiante del deseo, que empuja mi boca exigente, mi cuerpo sediento de ti, mi cuerpo

abandonado

en

la

noche,

girando contigo y en ti. Quiero hablar y decirte que

me duelen los labios y tengo la garganta seca. Siento el mazazo del frío

que no existe a tu lado porque lo LLENAS todo,

y siento cómo tu piel se adhiere a mi piel y el sudor resbala entre nuestros cuerpos y sólo sabe a

sangre, espesa y caliente, que cae de mi boca en un hilillo, y mis oídos

escuchan tu voz, que susurra suavemente, en confusos quejidos de placer, e intento

gritar o llorar o sólo andar...

Y no puedo reconocer mi voz

hecha de un sonido gutural y desconocido, seca y estallante, que suena a graznido sordo

al deseo apremiante de
nuestros cuerpos, intentando
eternizar este momento

oscuro, sin viento que silbe entre los árboles, en una lentitud exasperante de noche, y sólo quiero

ser seducido lentamente por el placer de permanecer en ti, mientras tus caderas se mueven en olas de

dolor, que asaltan mis sentidos,
y

tú te quejas suavemente, pidiéndome que te acaricie más, que te bese más, y tus piernas me enlazan y me empujan

a creer que nadie
pasará,
porque
no
hay
nadie

que conozca tu cuerpo como yo.

En el placer de estar quieto, siento las terminaciones nerviosas escondidas

bajo mi piel, que se deshace en deseo de fundirse, de ser tuya y de gozarte,

como gozo ahora, bajo un
cielo de estrellas y árboles,
mientras la brisa recorre

nuestros cuerpos desnudos y tranquiliza la sed

que me atormenta cada vez más, que se pega a mi garganta y pone pastosidad en

mi boca llena de sabor a ti, de olor que se espesa en mi lengua y de

sangre coagulada. Pienso en las horas que han pasado

y son sólo unos minutos que se alargan y salen a tu encuentro

del que no escapo, porque
cada vez caigo más
profundamente en esta oscuridad

infinita de placer, que adormece mis sentidos y aviva

las sensaciones de soledad e impotencia. Sólo se oyen murmullos de una agua oculta

tras tus ojos, que se subleva y sube y se alza

cada vez más lejana. Y mis manos intentan asirse

a tu vida

porque la mía

pesa

M

Á

S.

Y esas manos

que palpan mi cara,

hundida tras

la distancia que sofoca mi voz, y quiero gritar

QUE NO ME QUITEN EL CASCO, que me estalla la cabeza; esas manos que me tocan

con la sabiduría que da la intimidad, y mis piernas

cuelgan inertes y

abandonadas a tu abrazo

de crispación y dolor que me
asfixia.

Pasan los minutos...

Cuelgan las
h
o
r
a
s

suspendidas en este momento de placer satisfecho, de caricias lentas que me sacan

y me arrastran a la carretera
por la que no pasa nadie,
porque sólo yo

conozco el secreto de tu abrazo. Se deshacen los límites

impuestos por la consciencia

de tu desnudez hermosa y humana, y te desbordas en torno a mí, y gimes, y suena un

ECO.

••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Este sí es el primer relato que escribí. Había empezado a tontear con un ordenador y me hacía ilusión el retorno de carro automático, yo que estaba tan acostumbrada a tener que cambiarlo manualmente... Por eso empecé a escribir prosa, razón tonta donde las haya.

 

LAS HORMIGAS (1987)

La vio por primera vez junto al fregadero de la cocina. Los platos se apilaban tras varios días y los restos del vandálico asalto al que había sometido sus últimos recursos yacían en forma de migajas dispersas por las lisas superficies. Era hora de salir de compras... Y entonces la vio. Era menuda, pequeñita, acerada, brillante, de un negro oliváceo y pulido. Llevaba un pedacito de pan que le hacía bambolearse torpemente. La siguió con la mirada, casi sin respirar, acercando su enorme carota, hasta que la nariz rozó el mueble. La hormiga, sintiendo algo, aligeró el paso e intentó escabullirse entre los cubiertos, los envases y los mil y un cachivaches que hacían de su camino una epopeya laberíntica. Casi con consideración, él le fue abriendo espacio, retirando los múltiples obstáculos con una delicadeza un poco ridícula. La hormiga llegó hasta la pared y con infinita paciencia escaló los 30 centímetros que la separaban de su escondite: un gran enchufe negro. Él esperó un rato, y entonces vio salir a dos nuevas expedicionarias. Éstas hicieron la misma ruta, bastante más simplificada, y llegaron hasta el mueble, donde cogieron un nuevo botín y emprendieron la vuelta.

Se hacía tarde y casi no había luz. Se enderezó, miró la nueva columna y se fue al cuarto de baño; después salió de compras. Al día siguiente, las hormigas sólo encontraron una pequeña latita abierta en el lateral, de un llamativo color rojo. Una tras otra, entraron todas atraídas por el olor dulzón que despedía.

Lástima que no sepan leer el lenguaje de los humanos, porque en grandes letras decía:
INSECTICIDA GARANTIZADO, PARA USO DOMÉSTICO. GUÁRDELO EN LUGAR SEGURO Y NO DEJE QUE SUS NIÑOS JUEGUEN CON ÉL.

 

 

 

inicio | contacto | c.v. | servicios | enlaces |en línea | inglés
(c) Pilar T. Bayle, 2003
Diseñado por Building The Net, S.L.
Fight Spam! Click Here!